jueves, 17 de enero de 2013

18


   - Hoy aprenderás a hacer algo útil –repuso Erick-, o por lo menos algo lo suficientemente útil como para que tu maravilloso cerebro…
   - Erick –le cortó Alex con una voz demasiado tranquila como para estar regañándole pero a la vez lo suficiente amenazadora como para no pasar por alto su advertencia.
   - De acuerdo. Debes imaginar que ahí hay fuego –dijo Erick señalando una chimenea cuya presencia no había advertido hasta entonces.
   - Pero no lo hay –me encogí de hombros.
   Erick puso los ojos en blanco.
   - Ese es el caso. Debes hacerlo aparecer –Alex se contemplaba la uñas, que eran demasiado cortas; seguramente se las comía- Vamos –me apremió. Estaba excepcionalmente atractiva con esa postura despreocupada. Intenté apartar esos pensamientos de mi mente y me acerqué a la chimenea.
   - Tampoco hay cerillas. No puedo hacerlo aparecer. A no ser que queráis que me ponga a frotar dos palos, porque…
   - ¿Cómo puedes ser tan idiota? –Alex me fulminó con la mirada- No puedes decirlo en serio –se llevó las manos a la cabeza-. Oh, Dios mío, dime que no es en serio.
   Di unos pasos hacia la chimenea. Estaba avergonzado y a la vez furioso. Cerré los ojos. Suspiré. Los volví a abrir.
   Un intenso fuego verde ardía en el centro de la sala.
   - A lo mejor no es tan tonto como suponíamos –una gran sonrisa asomaba por el rostro de Erick, que guiñó un ojo a su hermana.

   Al llegar a mi habitación, la encontré vacía, excepto por una chica con el pelo azul sentada en i cama que miraba el techo con aire soñador.
   - Hola, Iris –la saludé-. ¿Qué haces aquí?
   - Oh, ¿es que te molesta que esté aquí? Si quieres me vo…
   - ¡No! –la interrumpí- No es necesario. Puedes quedarte si quieres.
   - Ah, gracias Jack –la chica dio un suspiro muy prolongado-. Creía que tú también habías ido de caza, así que aproveché para traerte algo de ropa de tu talla. Tú no eres tan grande como Erick, que, por cierto, no me deja entrar aquí- se encogió de hombros.
   -Gracias, esto es… gratificante, supongo –me puse la mano en la nuca, como siempre hago cuando no sé qué decir-. ¿De caza, has dicho? Pensaba que comprabais en los supermercados como las personas normales.
   - Si, Paul compra en los supremecrados, pero esto no tiene nada que ver con la caza. Lo que bucan son enemigos. Hay mucho espía suelto alrededor de la fortaleza. Emma quiere que los eliminemos, así que todos los martes y jueves un grupo de gente sale en busca de ellos –me miró con los ojos muy abiertos.
   - ¿Tú no vas?
   - No, eso de matar gente no es lo mío. Pero a Erick le encanta. Espera con ansia los días de caza. Es especialmente bueno en eso. Creo que ha conseguido incluso fabricar una espada protectora para la ocasión.
   Recordé la espada rodeada de luz verde el primer día que estuve aquí y me estremecí. Erick, el único chico al que había conocido por el momento y mi compañero de habitación esperaba con ansia los días en los que podía matar gente.
   - Deberías comer, estas muy blanco –me miró con cara de preocupación, abriendo mucho los ojos y mostrando así una expresión cómica.

   El comedor estaba más vacío de lo que lo había visto en todo el tiempo que llevaba aquí. Iris gritó numerosas veces el nombre de “Paul” hasta que un gran hombre vestido de cocinero y con apenas unos pelos en la cabeza apareció.
   <<Así que este es el hombre que compra en el supremecrado –pensé-. Bueno es saberlo>>
   - Paul, este es Jack –Iris me señaló enérgicamente con el brazo-, y tiene hambre.
   - No tengo hambr…
   - ¿Este es el nuevo del que se reía Erick? –me interrumpió Paul.
Iris asintió y Paul desapareció para aparecer un poco más tarde con un bocadillo de queso y una onza de chocolate. Me lo tendió y sin darme cuenta, lo devoré en seguida. Fui a darle las gracias cuando un grito sonó desde el exterior.
   - ¡ERICK! –alguien chilló, denotando intenso miedo n su voz. Alex.

martes, 1 de enero de 2013

17

   Al salir, la chica del hámster me miraba impaciente.
   - ¿Qué te ha dicho? ¿Ha dicho algo sobre nosotros? ¿Nos van a expulsar? – la chica hablaba tan rápido me costaba entenderla.
   - ¿Quién eres? – Pregunté, pasando por ato su desesperación.
   - Soy Helen Parker. Ahora dime, ¿dijo algo sobre nosotros?
   - No –contesté-. Solo que sois unos locos.
   - Para locos los del grupo ese que te gusta a ti. –Erick apareció por detrás de la chica sin previo aviso.
   Cuando volví a mirarla, de sus manos emanaba un intenso humo verde y, a continuación, Erick estaba rodando por el suelo como si eso fuera la cosa más entretenida e interesante que una persona pueda hacer en este mismo instante.
   - ¡Helen! –chilló Alex, saliendo del mismo sitio por el cual acababa de aparecer su hermano. – ¡Sabes que no tiene contra-hechizo!
   Helen pareció disgustada pero a la vez orgullosa de lo que había hecho.
-      J… como te llames. –Alex tiró de mi brazo.- Tú. Cuídalo.

   La parte buena de cuidar adolescentes que se comportan como si tuvieran un año es que te queda mucho tiempo libre. La mala, que todo ese tiempo libre debes desperdiciarlo cuidando a tu adolescente-bebé. Como supondréis (o por lo menos creo yo que deberíais suponerlo) intenté escribir un poco, ya que últimamente no he tenido mucho tiempo, lo que concluyó con un cuaderno lleno de borrones, muñecos de palitos y unicornios y un Jack con instintos asesinos.
   - ¡ERICK! –chille al descubrir un séptimo unicornio en mi cuaderno, aunque lo único que conseguí fue que este se pusiera a llorar.
   <<Mucho tiempo libre –me dije-. ¿En qué estabas pensando, Jack?>>


   Mi salvación llegó en forma de chica antipática que no recordaba mi nombre.
   - Hola. –Me saludó Alex con indiferencia- ¿Cómo estás?
   Abrí la boca para responder, pero en seguida me di cuenta de que no me hablaba a mí, así que la volví a cerrar. Erick se calló de la cama.
   - Tú. –me señaló Alex- Gracias por cuidarlo.
   Estas últimas palabras salieron de su boca de forma forzada, pero aun así las agradecí. Me miró y salió por donde había entrado. Me tumbé en la cama. Cada vez tenía menos trabajo; en una hora Erick había pasado de de recién nacido a tener cinco años. Aun así, estaba agotado.
   - Hola – me saludó una chica que se encontraba en la puerta. Era completamente opuesta a toda la gente que había conocido allí (es decir, los dos hermanos y la extraña Parker). Tenía los ojos de un extraño color entre gris y azul y su pelo era del mismo color solo que bastante más claro. Además, parecía tener cara de buena persona. – Me llamo Iris. – Sonrió.

   Tras pasar dos horas con Iris descubrí por qué la figura materna es imprescindible en una familia con hijos. En ese tiempo consiguió que Erick dejara de llorar (algo extraño ya que si yo tuviera cinco años y viera alguien con un pelo con un pelo tan… azul me pondría a llorar sin pensármelo dos veces; es antinatural), que pintara sus unicornios en una hoja a parte, le enseñó a hablar e hizo que se comiera la papilla. Mientras tato, yo conseguí que llorara un poco más y, por mi parte, escribí un poco más. Iris quiso leerlo, pero cuando consiguió cogerlo, un camello de luz verde salió de mis manos y se lo arrebató. A la pregunta de por qué un camello debo responder que de pequeño siempre les he tenido miedo (ese bulto en la espalda es completamente antinatural), así que supongo que mi cerebro pensó que los demás le  tendrían el mismo miedo que yo. A Erick, que ya parecía tener nueve años, le hizo gracia e intentó reproducirlo. El problema fue que lo consiguió a medias. Es decir, que mis mayores pesadillas se materializaron ante mí en forma de camello con cabeza de Alex. A Iris le hizo gracia, pero a mí eso de estar en una habitación con un camello, un adolescente-bebé, una chica con el pelo azul y un Alex-camello no me atraía mucho.

Respecto a Iris, debo admitir que es la persona más simpática y (me cuesta reconocerlo) más normal que he conocido desde que llegué aquí. Está un poco loca, ya que se pasó toda la tarde mirando la puerta con cara de asustada para, a continuación, seguir con lo que estaba haciendo; además, tiene el pelo azul. Aun así, no está peor que  yo.