domingo, 9 de septiembre de 2012

12

   El día siguiente fue de todo menos tranquilo. Al despertarme, vi que no había nada para desayunar, así que fui a por otro trozo de pizza. Por suerte, Angus vino a recogerme y no le dio importancia a lo del día anterior. A lo que sí que le dio importancia es al hecho de que esté comiendo pizza a las siete y media de la mañana. Le ofrecí un poco, pero el pobre chaval estaba a dieta, aunque, he de confesar, no muy productiva.
   Al llegar al instituto, me noté raro. La luz verde, pensé, iba a aparecer dentro de poco. Todo me parecía extraño, nuevo, como si nunca hubiera estado allí. Millie pasó por mi lado y ni siquiera me miró. Angus sonrió y me preguntó qué había pasado, aunque yo me limité a encogerme de hombros.
   A lo lejos, vi como unos chicos un año mayores que nosotros me miraban.
   - Mira a Jack. ¿Has visto cómo se ha puesto por una simple furcia?
   En ese momento, la parte racional de mi cerebro desapareció completamente, ya que, unos segundos después, me vi dándole un puñetazo en la cara. Todo el pasillo se acercó a nosotros y Angus intentó separarnos. Los siguientes minutos de mi vida fueron confusos. Solo recuerdo ver todo rodeado de luz verde, mucha luz verde. Cuando me levanté, descubrí lo que había hecho. El chico yacía inmóvil en el suelo con la cara llena de golpes y cubierta de sangre.
   Empecé a marearme y salí corriendo hacia mi casa. Lo último que pude ver fue a Angus con un golpe en una cara que lo único que reflejaba era miedo. Miedo de mí.
   Mi vida ya estaba destrozada, pero también la de Angus y la de aquel chico. Estaba muy mareado y todo el bosque que rodeaba mi casa daba vueltas a mi alrededor. Ya no tenía a dónde ir, así que me subí a mi árbol.
   Un consejo: si no eres capaz de sostenerte en pie, tampoco serás capaz de mantenerte encima de un árbol que se encuentra a dos metros del suelo. 

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