martes, 18 de septiembre de 2012

13


   Cuando desperté, estaba atado a una silla en una habitación en la que no recuerdo haber estado en mi vida. Sería un lugar acogedor si: a) un chico con cara de mala leche no estuviera tirado en el sofá mirándome fijamente; o b) una espada rodeada de luz verde no estuviera tirada a su lado. Al chico no pareció importarle mucho el hecho de que yo esté despierto, porque volvió su mirada hacia su móvil.
   - ¿Por qué estoy atado a una silla? – Pregunté.
   El chico levantó la mirada de su móvil con indiferencia.
   - Porque eres peligroso, pero no lo sabes; así que te podemos atar con unas simples cuerdas a una simple silla y tú serás incapaz de soltare.
   - ¿Por qué me tratas así? Yo no soy poderoso.
   - Te trato así porque estás atado a una silla.
   - ¿Y cuando me sueltes…?
   Pero no me dio tiempo a terminar la pregunta porque una chica irrumpió en la habitación de golpe. Era muy parecida al chico, así que supuse que serían familia. Tenía el pelo negro intenso, un poco más oscuro que el de su pariente o lo quiera que fuera. Sus ojos del mismo tono que el pelo, a diferencia que los del chico, que los tenía  azules. Era guapa, aunque ahora mismo no sabría decir por qué.
   - Se ha despertado. – Dijo mientras me señalaba.
   - Si. – El chico siguió contemplando su móvil
   - ¡Erick! – Gritó.
   - ¡Alex! – Dijo el chico, que ahora sabía que se llamaba Erick.
   - ¡Qué bien! ¡Hoy estás más desagradable que de costumbre! ¿Se puede saber qué te pasa?
   - Eso. – Erick me señalo.
   <<Perfecto- Pensé. -Acabo de destruir una familia>>
   Alex apuntó su mano hacia mí, dejándome completamente dormido y convirtiendo mi último recuerdo en una nube de polvo verde que venía hacia mí.


   Alguien me dio una bofetada.
   - ¡Despierta, mago estúpido! - Me gritó Erick.
   - No era necesario pegarle, Erick. - Alex empezó a soltarme las cuerdas.
   - ¿Cómo me has llamado?- Pregunté, frotándome las muñecas.
   - Voy a traerte algo de comer. - Alex empezó a abrir la puerta. - Dile a mi hermano que te lo explique. Es su deber hacerlo.
   - ¡Traeme algo a también a mí! - Chilló Erick.
   - No te ha oído. - Supuse.
   - Pero me va a hacer caso.
   De repente, apareció una chica que me recordaba a Angus, solo que en tía y sin gafas. Llevaba algo parecido a una cobaya en la mano.
   - ¡El bicho no! - Gritó Erick.
   - No es un bicho, es un hámster - Afirmó ella. - ¿Quién eres? - Me preguntó.
   Yo estaba convencido de que era una cobaya, pero decidí no comentárselo por el momento.
   - Soy... eh... Jack.
   - Déjalo, el pobre chiquillo está confuso. - Erick me dio un empujón.
   - Dímelo. - Los corté yo. - Dime lo que me ha dicho tu hermana que me digas.
   Erick susurró una palabrota y le pegó un puñetazo a la mesa.
   - Eres un mago. Punto.
    Me quedé mirándolo como si me estuviera tomando el pelo.
   - Luz verde. ¿Te suena de algo? - No me dejó contestar. - Es magia.
   En ese momento, Alex entró a la habitación con una bandeja llena de bocadillos. El problema es que ya no tenía hambre.
   Pensé que debía ser una broma. No era posible. Nada de lo que ocurría podía ser posible. Pero lo era.
   - No tengo hambre. - Erick miraba la bandeja de los bocadillos. Cogió uno. - Voy a comer.
   - Pero no tenías hambre. - Dije yo en un murmullo.
   - ¿Y? Un bocadillo de queso de los de mi hermana siempre es bienvenido.

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