sábado, 4 de agosto de 2012

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   Pasé toda la noche mirando el reloj. No quería llegar tarde a mi cita conmigo mismo. Lo dejé todo preparado y salí de mi habitación por la ventana, ya que estaba en la primera planta. Es irónico que me alegre de poder saltar de mi ventana sin matarme cuando es a eso precisamente a lo que voy.
   El hospital estaba medio vacío, por lo que no me fue muy complicado colarme por la escalera de servicio y llegar a la azotea. Me acerqué al borde y salté.
   En ese momento, me gustaría ser una de esas personas que le encantan las atracciones de feria, los deportes extremos o alguna cosa de esas. Por desgracia, soy un chico que es capaz de montarse solamente en las colchonetas. También me gustaría poder decir que fue una experiencia divertida, pero lo único que deseaba era que acabara.
   Pero no acabó.
   En vez de chocar contra el suelo y espachurrarme, como las personas normales, caí de pie. De repente noté como me frenaba de golpe y, segundos después estaba sobre el suelo. Lo único que había cambiado desde que subí a la azotea era que estaba unos diez pisos más abajo, completamente mareado y cubierto por una extraña luz verde.

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