martes, 21 de agosto de 2012

7

    Meses después, Papá Noel Bob me dijo que no hacía falta que siga escribiendo esto si no quería, pero, como no tenía nada mejor que hacer, decidí no hacerle caso. Al fin y al cabo, me relajaba y me hacía sentirme menos loco.
   También me dejó volver a casa, pero ya era un lugar que desconocía, al igual que mis padres, que solo me saludaron con la mano cuando llegué. Mi vida seguía sin tener sentido, pero esta vez debería pensarme mejor la forma de suicidarme. Al parecer, es más difícil deshacerme de mi mismo de lo que pensaba.
   Decidí que esta vez, nadie me echaría de menos; no quería que nadie lo pase mal esta vez. Y sabía que lo habían hecho porque mi ordenador estaba lleno de mensajes de Angus.
   Al día siguiente decidí volver al instituto. Cuando Angus me vio, corrió hacia mí y me abrazó. No recuerdo que nunca lo haya hecho, así que se lo devolví torpemente.
   - Dios, tío, que susto me has dado. Pensaba que no iba a volver a verte. Ni se te ocurra volver a darme esos sustos.
   Angus hablaba muy rápido y movía mucho las manos, lo que fue suficiente para me perdiera completamente y dejara de escucharlo. Miré a mí alrededor. Todo estaba muy cambiado, pero a la vez seguía siendo igual. A hacerlo, también descubrí que Millie nos estaba mirando.
   - Angus, Angus, tío, haz como si estuvieras hablando…
   - Estoy hablando –Me cortó él, indignado.
   - No importa…
   Me aproximé hacia el cuarto de baño. Supuse que allí no vendría a buscarme, pero, al parecer, supuse mal.

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