jueves, 2 de agosto de 2012

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   El mes siguiente lo pase encerrado en mi habitación. Decidí no ir al instituto, ya que lo único que iba a encontrar allí era gente que no paraba de recordarte algo que resulta imposible de olvidar. No tenía ganas de hacer nada y mis padres habían entrado en una especie de trance extraño; se pasaban todo el día sentados frente a una televisión apagada. Mi vida había empezado a no tener sentido así que decidí deshacerme de ella. Llevaba mucho tiempo pensándolo, pero las únicas formas que se me ocurrían eran pastillas -descartadas a la primera porque era incapaz de tragármelas- y tirarme desde algún sitio alto. El problema era que el único edificio de más de dos plantas que había en el pueblo era el hospital, y considero un poco irónico intentar quitarse la vida en un lugar cuyo objetivo es que eso no ocurra.
   Escribí una nota de despedida a mis padres y a Angus, pero se me quedó un poco sosa; las cartas no son lo mío.
  La decisión estaba tomada. Mañana a las cinco y media de la mañana en el hospital. 

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