El
mes siguiente lo pase encerrado en mi habitación. Decidí no ir al instituto, ya
que lo único que iba a encontrar allí era gente que no paraba de recordarte
algo que resulta imposible de olvidar. No tenía ganas de hacer nada y mis
padres habían entrado en una especie de trance extraño; se pasaban todo el día
sentados frente a una televisión apagada. Mi vida había empezado a no tener
sentido así que decidí deshacerme de ella. Llevaba mucho tiempo pensándolo,
pero las únicas formas que se me ocurrían eran pastillas -descartadas a la
primera porque era incapaz de tragármelas- y tirarme desde algún sitio alto. El
problema era que el único edificio de más de dos plantas que había en el pueblo
era el hospital, y considero un poco irónico intentar quitarse la vida en un
lugar cuyo objetivo es que eso no ocurra.
Escribí
una nota de despedida a mis padres y a Angus, pero se me quedó un poco sosa;
las cartas no son lo mío.
La
decisión estaba tomada. Mañana a las cinco y media de la mañana en el hospital.
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