miércoles, 1 de agosto de 2012

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   Cuando llegué a mi casa, encontré la puerta entreabierta, como solía estar cuando mi hermana salía a la calle a leer alguna de sus muchas novelas o cuando mamá se daba cuenta de que las flores había que regarlas si no querías que se mueran. El problema era que ninguna de las dos estaba allí fuera.
   Abrí la puerta, aunque ahora deseo no haberlo hecho. Lo primero que vi fue a mi hermana, tumbada en el suelo. Me derrumbé junto a ella. Ya no había nada que hacer; había llegado tarde. Su cuerpo yacía inmóvil sobre una alfombra que te daba la bienvenida. Ella estaba muerta.
   Pasé casi todo el resto del día tumbado a su lado, acariciando su pelo como siempre hacía cuando ella dormía, cuando creía que no se daba cuenta.
   Miré el reloj. Mis padres llegarían dentro de media hora, y yo no quería estar allí cuando eso ocurriera. Así que me fui al bosque, me subí en un árbol y esperé a que todo pasara.
   Los siguientes momentos de mi vida fueron confusos. Lo único que recuerdo es haber llorado por ella. Haber llorado por todos los momentos que habíamos pasado juntos y por todos los que nos quedaban por pasar. Haber llorado porque la amaba.


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