Cuando llegué a mi casa, encontré la
puerta entreabierta, como solía estar cuando mi hermana salía a la calle a leer
alguna de sus muchas novelas o cuando mamá se daba cuenta de que las flores
había que regarlas si no querías que se mueran. El problema era que ninguna de
las dos estaba allí fuera.
Abrí la puerta, aunque ahora deseo no
haberlo hecho. Lo primero que vi fue a mi hermana, tumbada en el suelo. Me
derrumbé junto a ella. Ya no había nada que hacer; había llegado tarde. Su
cuerpo yacía inmóvil sobre una alfombra que te daba la bienvenida. Ella estaba
muerta.
Pasé
casi todo el resto del día tumbado a su lado, acariciando su pelo como siempre
hacía cuando ella dormía, cuando creía que no se daba cuenta.
Miré
el reloj. Mis padres llegarían dentro de media hora, y yo no quería estar allí
cuando eso ocurriera. Así que me fui al bosque, me subí en un árbol y esperé a
que todo pasara.
Los
siguientes momentos de mi vida fueron confusos. Lo único que recuerdo es haber
llorado por ella. Haber llorado por todos los momentos que habíamos pasado
juntos y por todos los que nos quedaban por pasar. Haber llorado porque la
amaba.
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