Pasaron dos días y, cuando pensaba que no
iba a venir, Papá Noel apareció por la puerta. Me llevó a un lugar con una
espantosa decoración y me pidió mis memorias. Las leyó silenciosamente y,
cuando termino se fue de la habitación, aunque no sin antes regañarme por
llamarle Papá Noel y meterme con su barba.
Los siguientes días fueron muy extraños y
confusos. El viejo -que ahora había descubierto que se llamaba Bob- no paraba
de preguntarme sobre la luz verde. Yo
siempre le decía que estaba mareado y no sabía lo que estaba viendo,
pero él insistía.
Finalmente, calificó mi locura como
“Trastorno Mental Grado 5”. No sabía cuántos grados había, pero el cinco me
asustaba. También empezó a hacerme extrañas pruebas para comprobar si volvía a ver
esa luz. La vi en todas las ocasiones, por lo que empecé a plantearme subirle
un grado a mi Trastorno Mental.
Todas las semanas Bob me daba medicamentos
con los que debería dejar de ver esa extraña luz, pero no solían funcionar a la
perfección. Tras semanas de pruebas, conseguí no verla, y esperaba que fuera
así por mucho tiempo.
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