martes, 7 de agosto de 2012

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   Decidí hacerle caso al viejo. Al fin y al cabo, no era el diario de una niña pija, eran mis memorias; eran las Memorias de Jack Edwards.
   Pasaron dos días y, cuando pensaba que no iba a venir, Papá Noel apareció por la puerta. Me llevó a un lugar con una espantosa decoración y me pidió mis memorias. Las leyó silenciosamente y, cuando termino se fue de la habitación, aunque no sin antes regañarme por llamarle Papá Noel y meterme con su barba.
   Los siguientes días fueron muy extraños y confusos. El viejo -que ahora había descubierto que se llamaba Bob- no paraba de preguntarme sobre la luz verde. Yo  siempre le decía que estaba mareado y no sabía lo que estaba viendo, pero él insistía.
   Finalmente, calificó mi locura como “Trastorno Mental Grado 5”. No sabía cuántos grados había, pero el cinco me asustaba. También empezó a hacerme extrañas pruebas para comprobar si volvía a ver esa luz. La vi en todas las ocasiones, por lo que empecé a plantearme subirle un grado a mi Trastorno Mental.
   Todas las semanas Bob me daba medicamentos con los que debería dejar de ver esa extraña luz, pero no solían funcionar a la perfección. Tras semanas de pruebas, conseguí no verla, y esperaba que fuera así por mucho tiempo.

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