El entrenamiento resultó agotador, sobre
todo la parte en la que Erick trataba de explicarme que no estoy loco.
Realmente no consiguió convencerme, pero decidí no mostrarlo.
Antes de explicar mi condición como mago,
debo disculparme por los numerosos borrones. Erick no para de empújame y de
comportarse como un bebé. Está... bueno, ya os lo contaré luego.
A diferencia de lo que yo pensaba que íbamos
a hacer, Erick se pasó toda la hora hablando e insultando mi condición de “humano”. Me dijo que a “la chica” no la habían
matado porque sí, que me buscaban a mí, así que me entretuve gritándole
palabras malsonantes y mandándole a lugares no adecuados. Erick se rió de mí,
lo que hizo que me enfadara mucho más, por lo que le arrojé un trozo de queso.
Erick me lanzó una mirada asesina.
Por la tarde, después de la comida, me llegó
una extraña carta. La abrí.
Estimado Sr. Edwards:
Tengo entendido que hace unos días ha sido acogido en mis
establecimientos. Por lo cual, me gustaría verle esta tarde en mi despacho.
Atentamente, Su directora Ema
Alguien golpeó mi puerta. Me guarde la carta
rápidamente en el bolsillo justo antes de que Alex entrara en mi dormitorio
seguida por Erick.
- Déjame
ver la cata – Dijo Erick y, por primera vez, pude notar un tono (lejos de la indiferencia) en su voz: miedo.
Alex dio un paso hacia mí, de modo que casi
podíamos tocarnos. Metió la mano en mi bolsillo y sacó un papelito arrugado.
Empezó a leer.
- ¿Estás
seguro de que lo hiciste todo bien? – Preguntó, tras leer la carta unas cuantas
veces.
- Claro, lo comprobamos. Es imposible que
algo tan sencillo salga mal.- contestó Erick.
- No sé de que estáis hablando, pero voy a
ir.
Me encaminé hacia la puerta, pero Erick me
cortó el paso. Pensó que no permitiría que me marche, pero en lugar de eso
añadió:
- Recuerda,
eres un asqueroso humano que no tiene ni idea de magia. Si no, seré yo el encargado
de hacerte ver lo que es realmente.
Me paré frente al despacho. Me acerqué a llamar
a la puerta, pero no me hizo falta. Al acercarme, esta se abrió sola. Desde
dentro de la habitación, una voz femenina me indicó que me acercase.
Frente a mí, una hermosa mujer de unos 20
años aparentemente, con un largo cabello negro intenso que le caía por la
espalda y unos ojos del mismo verde que la luz a la que Erick llamaba magia me
miraba.
- Dime
lo que sabes. – Dijo, con una voz fría e indiferente.